Por FaustoLh
El Otro, El Mismo, 1964. La preocupación por el tiempo atraviesa transversalmente la obra poética y el pensamiento deJorge Luis Borges. Él mismo dice en el prólogo a esta obra poética: «La contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor de que el tiempo, nuestra substancia, pueda ser compartido».
La noche, símbolo de desvelos, de angustias y cavilaciones sorprende al poeta. Una noche en vigilia es como decirle a la memoria, a la imaginación, que salgan de sus aposentos. La memoria es, como dice el mismo Borges, la ‘cuarta dimensión’ en la que el poeta se encuentra. «De fierro, / de encorvados dientes de enorme fierro, tiene que ser la noche, /para que no la revienten y la desfonden / las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto, / las duras cosas que insoportablemente la pueblan» (Insomnio).
Hay una identificación de Borges con el agua como cuarto elemento. Los otros tres son, recordemos, la tierra, el aire y el fuego. Muy celebrados por los antiguos filósofos de la Grecia Antigua. Sor Juana Inés de la Cruz , la monja de Nueva España, México, canta a los cuatro elementos, pero desde una perspectiva cristiana navideña. Octavio Paz dedica el tomo 5 de sus Obras Completas a la célebre poeta mexicana. Borges, decía, se siente atraído por el cuarto elemento, el agua. El agua está asociada con el transcurrir del tiempo. «Tiempo irreversible que nos hiere y que huye […] Agua, te lo suplico. Por este soñoliento / nudo de numerosas palabras que te digo, / acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo. No faltes a mis labios en el postrer momento» (Poema del cuarto elemento).
Un extraño aguijón punza la consciencia de ser, de existir el poeta. Quiero decir, que el hombre es un misterio y el poeta afronta esa inquietud con cierta desazón. Las preguntas eternas de ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?, ¿quién soy yo?, estremecen al poeta con una forma inusitada. No les da respuesta, solamente las siente como una fuerza misteriosa. «Mi vida que no entiendo, esta agonía / de ser enigma, azar, criptografía / y toda la discordia de Babel. // Detrás del nombre hay lo que no se nombra; / hoy he sentido gravitar su sombra / en esta aguja azul, lúcida y leve, / que hacia el confín de un mar tiende su empeño, / con algo de reloj visto en un sueño / y algo de ave dormida que se mueve» (Una brújula).
El hombre –de nuevo la angustia ante el enigma de su ser y su existencia–, pasa ligero por el mundo como si estuviera hecho de tiempo. «Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura / menos que la liviana melodía» (El tango). «Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día / y con tres pie serrando por el vano / ámbito de la tarde, así veía / la eterna esfinge a su inconstante hermano, // el hombre […] Nos aniquilaría ver la ingente / forma de nuestro ser; piadosamente / Dios nos depara sucesión y olvido» (Edipo y el Enigma).
En continuidad estrecha con “El Hacedor”, resuena con más fuerza en “El Otro, El mismo”, el nombre de Dios. «El infierno de Dios no necesita / el esplendor del fuego […] Dios no requiere / para alegrar los méritos del justo, / orbes de luz» (Del infierno y del cielo). La Verdad está emparentada con Dios, pues es su resplandor. Borges lo dice de otra manera: «¿Qué sucedió cuando el inexorable / sol de Dios, La Verdad , mostró su fuego? / Quizá la luz de Dios lo dejó ciego / en mitad de la gloria interminable» (Baltasar Gracián). «Y, hecho de consonantes y vocales, / habrá un terrible Nombre, que la esencia / cifre de Dios y que la Omnipotencia / guarde en letras y sílabas cabales […] Sabemos que hubo un día / en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre / en las vigilias de la judería» (El Golem). «Dios quiere andar entre los hombres // y nace de una madre, como nacen / los linajes que en polvo se deshacen, / le será entregado el orbe entero, // aire, agua, pan, mañana, piedra y lirio, / pero después la sangre del martirio, / el escarnio, los clavos y el madero» (Juan 1,14). «Dios me ha devuelto al mundo de los hombres, / a espejos, puestas, números y nombres» (Alexander Selkirk). «Miraba / lo que ven los ojos terrenales:/ la ardiente geometría, el cristalino edificio de Dios y el remolino sórdido de los goces infernales». (Emmanuel Swedenborg). «No hay una cosa de Dios en el sereno ambiente / que no lo exalte misteriosamente» (Jonathan Edwards). «Dios, que sabe de alquimia, lo convierte / en polvo, en nadie, en nada y en olvido» (El Alquimista). «Ya es impreciso / en la memoria el Paraíso, / pero yo sé que existe y que perdura» (Adam Cast Forth).
Como estamos hecho de tiempo, soñamos con una mañana sin tiempo; eterno mañana. ¿Será posible pasar de los sueños al sueño que todos soñamos? «Entra la luz y asciendo torpemente / de los sueños al sueño compartido […] ¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte, / me deparara un tiempo sin memoria / de mi nombre y de todo lo que he sido!» (El despertar). «Pero bien sabe / que el trino no es del árbol ni del ave / sino del tiempo y sus vagos días» (París, 1856). «¿No es acaso / tu irreversible tiempo el de aquel río / en cuyo espejo Heráclito vio el símbolo / de su fugacidad» (A quien está leyéndome).
La adjetivación vigorosa, que viene desde su primera obra poética, caracteriza la poesía de Borges. «Clara reina»,«insufrible sol», «incesantes ojos», «cóncava fama», «oscuro olvido», «blancura ciega», «hondo vino», «roja metáfora», «triste olvido», «dura tiniebla»,«insomne braseo», «oscura visión».
Hay una complicidad entre la palabra y el poeta. Él pergeña versos, el telar de su memoria, como Penélope que tejía su esperanza de volver a ver a Ulises. «Gastada por los años la memoria / deja caer la en vano repetida palabra y es así como mi vida / teje y desteje su cansada historia […] Más allá de este afán y de este verso / me aguarda inagotable el universo». (Composición escrita…).
Nuestra estancia en el mundo es tan breve y fugaz que, aunque vivamos largos años, apenas si es un suspiro la vida. Cuando el tiempo transcurrido se hace memoria, el pasado se vuelve la única certeza, tal vez el único asidero. El poeta lo sabe, por eso dice: «Soy un instante / y el instante ceniza, no diamante, / y sólo lo pasado es verdadero» (A una espada en Cork Minster).
Pero este instante, aún sea glorioso, se desvanece. El poeta desea que perdure, no su nombre, sino al menos un destello de su poesía. El aeda ha vivido más que para engrandecer su nombre, para enaltecer la poesía. «La fama, ese reflejo / de sueños en el sueño de otro espejo» (Spinoza). «Que mi nombre sea Nadie como Ulises, / pero que algún verso perdure / en la noche propicia de la memoria» (A un poeta sajón). «La memoria erige el tiempo» (El instante). «Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia / como si ésta ya fuera ceniza en la memoria» (Soneto al vino).
Arriba hemos indicado en el poema “Una brújula” la gran inquietud de Borges ante el enigma que es el hombre, el ser humano. En un soneto vuelve a retomar el tema, pero a la luz de la mitología. Proteo, según el mito, podía metamorfosearse o convertirse en uno de los elementos: tierra, agua o fuego. Proteo, además, según Virgilio (Geórgicas, IV) lo sabía todo, lo que es, lo que fue y lo que será. Borges acude al mito para decirnos: «Yo que soy el que ahora está cantando / seré mañana el misterioso, el muerto, / el morador de un mágico y desierto / orbe sin antes ni después ni cuándo. / Así afirma la mística. Me creo / indigno del Infierno o de la Gloria , / pero nada predigo. Nuestra historia / cambia como las formas de Proteo. / ¿Qué errante laberinto, qué blancura / ciega de resplandor será mi suerte, / cuando me entregue el fin de esta aventura / la curiosa experiencia de la muerte? / Quiero beber su cristalino Olvido, / ser para siempre; pero no haber sido» (Los enigmas).
La melancolía invade a ratos el músico de la lira de Orfeo. La tristeza nace de la terrible certeza de la brevedad de la vida. O, dicho con otras palabras, el miedo a la muerte, horror vacui, acecha al poeta y le hace pensar en el desenlace de la vida. «La vida es corta / y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese potro del mar, esa otra flecha / que nos libra del sol […] Sólo me queda el goce de estar triste» (1964, II).
Mientras vivimos, mientras estamos en este mundo, hay que agradecer, la admirable certeza de nuestra existencia. Cada día es un regalo, una oportunidad para la alegría. La no menos verdad de que la muerte nos sobrevendrá nos apremia a valorar cada instante. Por eso el poeta dice ser: «Un hombre que ha aprendido a agradecer / las modestas limosnas de los días […] Quizá en la muerte para siempre seremos, / cuando el polvo sea polvo, / esa indescifrable raíz, / de la cual para siempre crecerá, ecuánime o atroz, / nuestro solitario cielo o infierno». (Alguien). «Sólo del otro lado del ocaso / verás los Arquetipos y los Esplendores». (Everness). «Sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: esa fragua, esa luna y esa tarde» (Ewigkeit).
En el poemario “El hacedor” (1960) Borges escribe el “Poema de los dones”. Ahora, en el “Otro, El mismo”, vuelve a escribir “Otro poema de los dones”. En este poema hermoso del que espigo estos versos: «Por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad […] por los ríos secretos e inmemoriales / que convergen en mí […] por el mar, que es un desierto resplandeciente […] por el oro, que relumbra en los versos».
En este poemario, “El Otro, El mismo” el poeta oscila entre la memoria, el tiempo, el enigma del hombre –de él mismo-, el sueño y la muerte, que nos persigue como una sombra de nuestro mismo cuerpo. «Nuestro deber es la gloriosa carga / que a nuestra sombra legan esas sombras / que debemos salvar […] Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, / ese límpido fuego misterioso». (Oda escrita en 1966).
Los sueños crean una atmósfera de satisfacción, un estado del que no quisiéramos salir, porque ellos, acaso, son una réplica de aquello que anhelamos, no como realidad y deseo, a la manera freudiana, sino como legítima aspiración del Paraíso. Sueños «que bien pueden ser reflejos / truncos de los tesoros de la sombra, / de un orbe intemporal que no se nombra» (El sueño).
El mar, de nuevo el mar. El mar como pregunta, como insondable imagen del misterio del hombre. El poeta sabe de su existencia, pero no está seguro de quién sea él. Lo entrevé en la dimensión telúrica del mar que impacta su propio ser. Dicho con otras palabras, el mar alude a una dimensión trascendente, metafísica que no le es ajena, para nada, a Borges. «¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares / de la tierra y es uno y muchos mares / y abismo y resplandor y azar y viento? […] ¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día / ulterior que sucede a la agonía». (El mar); (véase “Singladura” del poemario “Luna de Enfrente").
¿Es la vida un laberinto en el que avanzamos entre sueños y enigmas? ¿Hay una salida victoriosa a la existencia del hombre? Si la eternidad nos aguarda, ¿dónde se gesta la telaraña que aprisiona nuestros más profundos anhelos de vida? «Mis pasos urden su incalculable laberinto […] No nos une el amor sino el espanto» (Buenos aires). «La eternidad está en las cosas / del tiempo, que son formas presurosas» (Al hijo).
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