Escribo estas líneas al calor de mi lectura de la obra Anchuria. Lo hago para fijar lo leído, para hacer acopio de aquellas páginas que arrojan un fragmento de verdad destilada en los personajes. Verdades ocultas en la historia, en el pasado y presente de Honduras. La búsqueda de la verdad histórica del país es, también, parte de uno mismo. «Porque el pasado que me obsesiona de la historia de mi país tiene que ver con el pasado de mi propia vida». A lo largo de la obra el encuentro con esa verdad es áspero, crítico y rebelde.
Un barco hundido en el fondo de la mar
Adentrarse en la historia de Anchuria, es entrar en el profundo de la propia realidad, a veces desnuda, cruda y dolorosa. El narrador pone en boca de sus personajes el eco de su yo narrativo para certificar con un tono firme y claro dos cuestiones: la educación y la manipulación de la historia como problemas fundamentales: «Este país tiene problemas serios con su historia, derivados de dos cosas: la falta de educación formal, que propicia que las nuevas generaciones de profesores repitan los errores de sus antecesores, y la manipulación que se ha hecho de la historia […] En la medida en que asumimos una historia falseada como verdadera, hacemos que nuestra identidad como país esté cimentada sobre arenas movedizas».
Hay en Anchuria un cierto desencanto, una suerte de lamento o frustración ante la constatación de que «un país que ya empezaba a configurar su vocación de abismo», realmente está en el abismo. Anchuria (Honduras) es comparada con un barco que un día alzó velas, pero que ha naufragado y yace hundido en lo profundo del mar. Hoy, se desprende de la narración, lo que se llama “patria” no es más que una idea ficticia, una ilusión.
El narrador critica la falta de conciencia social, la inercia y la corrupción. En efecto, si algo caracteriza a Anchuria es la corrupción. ¿Cómo pensar el futuro en un país corrupto? ¿Es posible no ser pesimista cuando se miran acciones que solamente conducen al abismo? El otorgamiento grandes extensiones de tierras o la exención de impuestos en los tiempos de las bananeras es, todavía hoy, una realidad que sigue vigente.
El escritor intenta recrear una imagen de una época, la de la república bananera, cuyos hombres eran «todos pasajeros sonrientes en el festivo tren de la corrupción». Sin embargo, Anchuria sigue siendo, en el siglo veintiuno, el tren de los corruptos. Un país con “vocación de abismo”: «Yo, precipitándome a un abismo en un país que ya era un abismo».
El narrador, decepcionado, se introduce en la historia de su país, que considera la historia de un país hundido. Cuando conoce la historia de Anchuria, llega a la conclusión, terrible, de que los habitantes de este país abismal son «seres sin memoria, sin historia, sin patria ni identidad, seres fragmentados y desorientados, serviles y corruptos, seres abyectos y violentos, abocados a la autodesctrucción».
La novela critica la “infamia cotidiana”, es decir, ese modo peculiar de «ver al otro más que de reojo y con sospecha» ante cualquier gesto de amabilidad; esa duda que nos viene, aunque la intención del otro sea sincera, y nos hace pensar qué interés le mueve, qué quiere sacar de ventajoso. Con razón dice el narrador: «El malicioso ahí, en todo caso, debía ser yo, que soy hondureño, forjados mi carácter y mi personalidad en la cultura de la sospecha durante tantos años».
Otra crítica sociopolítica, que me parece certera, y que acaso sea parte de la cultura de Anchuria, tiene que ver con la inclinación de aquellos que buscan las mieles del poder y viven a su costa, parasitando las estructuras del Estado. El escritor zanja con una frase lacónica este vicio enquistado en muchos políticos: «Con el poder los anchurianos se ponen tontos», es decir, se embriagan de locura, de fascinación y vanidad.
Los personajes de Anchuria, van esparciendo aquí y allá, sus ideas. Unas de las más recurrentes es el pesimismo contumaz: «No pude, desde entonces y hasta ahora, dejar de proyectar el futuro de este país con pesimismo». Pero en el culmen del pesimismo, el novelista afirma: «Estamos marcados a morir, marcados por la infamia, en este hoyo de mierda. De nada sirve lo que hemos intentado hacer algunos cuantos a lo largo de nuestra historia […] Somos el producto residual de una inteligencia y de una pasión dominadas, controladas, sometidas por los vaivenes que han propiciado otros».
A pesar de ese tono severo, que sobre el propio país tiene al autor, se le puede conceder la razón porque «sin sentido crítico, ninguna causa política tiene futuro». La novela le sirve al escritor para canalizar su desencanto acerca de Honduras, de sus líderes políticos. Protesta porque «No hubo capacidad de organización, como no la ha habido nunca en este país, […], aunque crean estar cambiando el mundo, el mundo sigue siendo el mismo basurero de siempre, o peor que eso. Quieren llegar al poder, pero no para cambiar el sistema sino para sustituir apenas los elementos de ese sistema alienado y corrupto; quieren, en el fondo, que el sistema siga funcionando, pero desde su perspectiva».
Así las cosas, hasta Quijote de la Mancha, en su feroz lucha contra los molinos de viento, se vería en una crisis existencial, al ver que «es difícil encontrar resquicios para una esperanza que no sea un sueño barato o inmerecido». La ira contenida del yo narrador le lleva a decir al novelista lleno de indignación: «Este es un país sólo para los cabrones y para los ilusos […] Puedo decir que a este país lo padezco con rabia, con ganas de meterle fuego. Y de meterme fuego con él […] Quienes aquí vivimos somos los residuos de una sociedad hundida en todos los sentidos.»
Metanovela
Esta obra de Giovanni Rodríguez contiene, también, un resorte de metanovela, esto es, espacios donde el narrador hace teoría de la narrativa. Para el novelista, el arte de narrar es un proceso de escritura y de reflexión. No se escribe a vuela pluma. La novela, según él, hay que pensarla, concebirla, planearla: «Una novela se construye no sólo escribiéndola sino también pensándola». Los buenos narradores, de novela o cuento, tienen por principio que el escritor, si quiere contar bien su historia, necesita forzosamente saber lo que va a contar.
El narrador se juega todo en eso, esto es, en saber de antemano lo que va a contar. En este tenor dice el autor de Anchuria en la voz de su personaje: «Una de las cosas que procuro, cuando intento escribir una ficción, es definir cuanto antes al narrador o los narradores de la historia […] qué es lo que quiero contar para que lo más urgente resulte ser la figura del narrador y su papel en lo que será narrado. La clave está, me digo, en conocer la historia de antemano». Esta es una de las tesis literarias del novelista dominicano José Acosta: saber lo que se va a contar de antemano.
Para el escritor, no se puede prescindir de la reflexión de lo que se escribe. Introducir espacios para exponer el propio pensamiento, aunque sea a través de los personajes que vertebran la obra, es fundamental para que la obra tenga vigor y consistencia. Se trata de «La reflexión que siempre hace falta cuando uno intenta escribir una novela».
La literatura, aunque para algunos pueda resultar un oficio de poca monta o una tarea inútil e improductiva, es, para el escritor de Anchuria, «un vehículo importante para la transmisión de ideas, una vulgar herramienta para generar cambios», aún a sabiendas de que los procesos de transformación, por muy buenos que sean, son lentos y difíciles.
A veces, definir los contornos precisos de una novela no resulta fácil. Con frecuencia, el escritor se halla en situaciones complejas con las que tiene que luchar. Dice el metanarrador: «En la redacción de este intento de novela, de este bosquejo de unas vidas pasadas y presentes cuya forma definitiva es imposible determinar, y apenas podemos nosotros, quienes nos acercamos a ellas, sospechar o imaginar, para intentar al menos que no queden como las sombras borrosas de algo a lo que la memoria no le ha rendido el necesario homenaje».
El escritor revela algunas técnicas propias de la narrador. Hemos dicho arriba, que para contar una historia hay que saber de antemano lo que se va a contar, pensar la obra, concebirla. También dice que recurre a la etopeya para centrar la atención en la descripción del carácter y demás rasgos de la personalidad de un personaje. Pero el verdadero acicate del narrador, es «la certeza de lo incierto», «esa impaciencia, esa falta de sosiego que genera en mí no saberlo todo acerca de los personajes sobre los que escribo».
La diferencia entre un científico y un narrador reside, según el autor que nos ocupa, en que el primero busca el conocimiento, las certezas; en cambio, el escritor no busca la certeza o la verdad científica, le basta la duda, moverse en la duda, indagarla. para extraer la sustancia de lo vivido. La misión del narrador no consiste en probar verdades, sino en el devaneo de la duda.
El escritor, aunque conozca bien la historia que va a contar, es sabedor de que siempre ésta le trasciende, es decir, la historia a contar es mucho más que lo que el narrador puede contar. Él solo cuenta lo posible, lo que puede contar de esa historia. Dicho con otras palabras, el escritor necesita una dosis de humildad para admitir que no puede abarcarlo todo: «El novelista sabe que la historia de lo que narra es más grande que lo narrado y debe ser capaz de reconocer su límites».
Fausto A. Leonado Henríquez, PhD
San Pedro Sula 05.05.2026
Frases con las que me quedo:
Un hombre es, o se hace, según las decisiones que toma. p. 116
Ninguna idea de éxito o de victoria es comparable con la idea de la muerte. p. 117
A veces, un instante de calma y silencio es todo lo que un hombre necesita para pensar en una vida entera. p. 127
En el corazón de un hombre siempre hay secretos que es mejor guardárselos hasta que todo acabe. p. 141
Personas como ella, obsesivas y estudiosas, son la que cambian el mundo. p. 331
No hay lugar en el arte para alguien que no está dispuesto a pagar el precio que requiere una verdadera obra. p. 423
Sin sentido crítico, ninguna causa política tiene futuro. p. 481
Lo que una vez dijeron las palabras no lo borra la vulgar certeza de la muerte. Porque las palabras están ligadas al destino de los hombres. p. 515