Rubén Márquez Máximo, Las tardes de Dafne, Círculo de Poesía, México, 2024. Apolo se enamoró de Dafne, pero ella fue indiferente a sus intenciones. Para librarse de su pretendiente, acudió a su padre, dios fluvial Peneo, quien la transformó en el árbol de laurel.
En Las tardes de Dafne, el yo poético asume el lugar de Apolo y se explaya en un discurso luminoso que gana en intensidad en cada sección del poemario. Dafne es la mujer idealizada, el amor sublime y hasta diría perfecto. Quizá por esto mismo o, a pesar de ello, el mito de Dafne se convierte en una profecía, esto es, en un amor que se pierde irremisiblemente porque ella, al fin, se oculta en el bosque, que es el vivir, dejando herido de pasión al amado.
Las tardes de Dafne, con un tono personal e íntimo, es una obra sentida, consentida y con sentido. Esto es fundamental, porque el lector vive lo que lee y lo que lee lo transporta a la belleza del amor más puro.
Rubén Márquez Máximo, es un exponente autorizado de la mejor poesía, un artesano de la palabra poética que pergeña cada verso con la paciencia del maestro. He aquí algunos versos: "Aquellas tardes fuiste lluvia / luz oculta en la palabra (...) germine la tarde en tu mirada (...) porque eres otra que me besa sin tocarme / dejando huellas más profundas (...) la tarde piensa en ti / y veo aquello que tanto me gustaba" (El verdor oscuro de las hojas).
"Afuera el viento era un bramar de flores (...) con la lluvia de mi mano enciendes su mirada (...) Tu beso de agua y viento / hace flotar la angustia / verde entre follajes (...) una luz danzando / es tu cuerpo. Viene el alba / su vendaval de luz / desanudando las caricias / la hoja del abrazo verde" (Era su cuerpo un delirio de amenas flores).
"Aquellos días sin ti / se volvieron notas negras / un violín sin cuerdas que estremeció el viento. (...) Todo lleva oculto / el sabor amargo / entristecido (...) y los gemidos de tu amor / son la melodía que persigo (...) y entre la verde sombra no cantaba alegre el viento (...) Busque el ahora rescoldos de esas lluvias (...) El amor de Dafne / era los fulgores que morían en secreto / la esencia de las flores que termina (...) herida que florece y no se apaga (...) La firme desnudez / cantaría en tu mirada (...) abrazo verde de los vientos (...) Una lluvia de silencios su presencia (...) un sembradío de palabras la tristeza" (Abrazo la tarde en la quietud del árbol).
El poeta, dotado de un estilo claro, refinado y límpido, mantiene el pulso de su creación con solvencia. El uso del lenguaje se corresponde con lo que siente y con lo que piensa. El ritmo interno del texto es ascendente y mantiene la tensión del discurso poético hasta el final. Dafne, como el laurel, está oculta en cada poema, victoriosa, intangible. El poeta, como Apolo, se consuela cantando la ausencia de la amada, añorando lo vivido junto a ella. El contraste nostálgico del amor perdido y la esperanza de que quizá pueda reaparecer, es la clave de lectura del poemario. El poeta, apolíneo, corona de laurel a Dafne, que sale victoriosa porque ha vencido en el amor al bardo que se queda triste cantando "el aroma de la verde ausencia".
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