EN FAUSTO LEONARDO HENRÍQUEZ
Por Bruno Rosario Candelier

En la obra poética de Fausto Leonardo Henríquez se manifiesta una entrañable conexión con el alma del mundo, con una especial empatía hacia la dimensión singular de lo viviente; y como nuestro poeta vino al mundo con el don de los escritores, que potenció con la sagrada dotación del carisma sacerdotal y la excelsa dotación de la gracia mística, comunica con dicha y emoción esa manifestación espléndida de su sensibilidad cuando entra en relación con fenómenos y cosas, virtud que lo ha convertido en creador de una lírica trascendente. Esa faceta espiritual de su creación sobresale en sus poemarios místicos Ínsula presentida, Gemidos del ciervo herido y Savia innombrable.
Desde luego, la dimensión más importante en la obra de este escritor dominicano, poeta interiorista y sacerdote católico, Fausto Leonardo Henríquez, que es la dimensión estética y espiritual, es justamente la onda de su misticismo, que responde a la dimensión interior de su espiritualidad y a la condición sagrada de su sacerdocio que le permite sentir la gracia divina con la inefable Llama de lo Eterno, canalizada con singular fuerza creativa y peculiar talento expresivo en los citados libros de su autoría, genuina joya de la creación poética dominicana.
En sus poemas y estudios, el padre Fausto encauza lo que pasa por su sensibilidad, su conciencia y su voluntad cuando siente, piensa y vive a Dios, al comunicar sus vivencias espirituales mediante su articulación a la dimensión sagrada del mundo, actitud y disposición de una mente sutil que es ideal y pasión en nuestro sacerdote-poeta, como plasma en sus hermosas obras con la calidad poética y la belleza mística de su creación.
La obra poética de Fausto Leonardo Henríquez, ejemplar cultor del ideario interiorista de la creación, es la de un sacerdote-poeta que asume la palabra como una nueva propuesta enraizada en una empatía cósmica desde la peculiar dimensión de la expresión lírica, estética, simbólica y mística. La razón espiritual que da cuenta en las diversas lenguas y culturas de la tendencia indeclinable hacia la espiritualidad obedece a la necesidad primordial, según el texto bíblico del Génesis, que nuestro poeta vive con sentido, consciente de que somos “imagen y semejanza” del Padre de la Creación.
En virtud de su clara dotación poética, nuestro querido poeta asume el costado del mundo en su particular belleza y su singular misterio para establecer un vínculo entrañable con la Esencia del Universo en procura de la Energía Espiritual y el Numen de lo Sagrado por lo cual recibe y comunica verdades de muy antiguas esencias que nutren su espíritu. Y potenciado con su triple gracia poética, mística y sacerdotal posee una magnífica condición que le permite testimoniar mediante la creación poética su singular percepción del mundo, rasgo que subraya la dimensión estética y espiritual de su creación.
Nuestro poeta tiene un corazón puro, impregnado de la Llama del Amor sagrado, como lo expresa su búsqueda espiritual y el testimonio luminoso de su entrega sacerdotal: canta la pureza de lo viviente y exalta al Padre de la Creación con el aliento que expresa el aliento seráfico de su conmovida lira y el eco enaltecido de su conciencia sutil. Su obra, fragua del supremo efluvio del amor sublime, exalta su hermosa y ejemplar palabra en su edificante lírica teopoética.
Bruno Rosario Candelier
Movimiento Interiorista del Ateneo Insular
Moca, República Dominicana, 24 de abril de 2018.
MÍSTICA EN LA OTRA LATITUD
DE FAUSTO LEONARDO HENRÍQUEZ
Por Bruno Rosario Candelier
La crisis espiritual, ética, ideológica, de cosmovisión trascendente, que está viviendo la humanidad es una magnífica oportunidad, dice el monje benedictino Simón Pedro Arnold, para que la imaginación eclesial proponga una nueva imaginación. El monje belga, inserto en el pueblo Aymara del Perú, habla de una nueva opción mística, entendiendo por mística “una apuesta por la vida que atraviese la historia (…), esta percepción del más allá de las cosas, de la historia. Revelación del Misterio vital que atraviesa la historia, la gente, los pueblos, las culturas (…), que abra caminos de tipo místico, y dejar que Dios hable como el más allá de lo racional, de lo explicativo directamente” (1).
Al leer el poemario de Fausto Leonardo Henríquez (2) pensé en el planteamiento del monje benedictino porque la obra de Fausto Leonardo es la de un sacerdote poeta que asume la palabra como una nueva opción, como una nueva propuesta mística enraizada en una empatía cósmica desde la peculiar dimensión de la expresión lírica.
La razón antropológica y espiritual que explica entre los hombres de todas las culturas la tendencia indeclinable hacia la espiritualidad obedece a la necesidad celestial como lo establece el texto bíblico del Génesis de que fuimos creados “a imagen y semejanza” del Creador, pues “Yaveh Dios formó al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida” (3).
La cosmología, en tanto estudio del universo de lo viviente, nos recuerda nuestro origen y nuestro destino final, y con ese fin busca el sentido de la reconciliación con las cosas en una especie de empatía universal. El poeta lo intuye y el contemplativo lo vive. Y la poesía cósmica conjuga esas dos apelaciones del sentimiento más sublime.
La poesía y la empatía cósmica se hallan entrañablemente unidas al sentido del misterio. Se hermanan en la búsqueda de la belleza y en la conciliación de los elementos. Arrancan de una misma fuente, el corazón humano, y desatan las más ardientes pasiones en el ámbito espiritual. Su conjunción expresiva se determina en la palabra, vértice de la sensibilidad y fragua de las emociones.
Fausto Leonardo Henríquez (4) ha dado sobradas evidencias de su vocación estética y su sensibilidad trascendente. La creación poética y la sensibilidad espiritual así lo delatan. Dotado de empatía cósmica, y del don de la creación poética, le concita lo viviente, que expresa en una identificación entrañable con el cosmos, huella de la esencia divina que le embriaga. En La otra latitud, Leonardo Henríquez (5) confirma los lineamientos fundamentales de su trayectoria lírica: la asunción del mundo desde su vertiente simbólica y trascendente con un sentido de la belleza y el misterio. En la primera parte toma a Adán, expresión simbólica de la Humanidad, o de la Humanitud , en su sentido hondo y entrañable, con un enfoque interiorista sobre la condición humana: afirmación y certidumbre de que los humanos estamos orientados hacia la plenitud, que es el amor, la vocación espiritual, el ideal sublime y trascendente. Es la completud de una vocación universal, de una apelación cósmica. Ronda de lo sublime, valoración del misterio, ponderación de lo maravilloso que hay en todo lo viviente.
Con el lenguaje del yo profundo asume y empalma la vertiente trascendente en su afirmación del ideario interiorista recalado en fondo cósmico y en visión altruista y humanizante. El absoluto que lo apela, como se aprecia en la segunda parte del poemario, subyace en su mirada inquisitiva, en su búsqueda y en su pasión más honda. Exploración de la existencia, del tiempo, lo transitorio y lo permanente desde la otra ladera, la vinculación de lo pasajero con lo eterno.
La concepción cósmica de que somos uno con el Universo aparece esbozada estéticamente en este hermoso poemario que intenta mostrar el principio de los tiempos: “Cuando pinta el autorretrato de sí mismo, lentamente, con pulso firme, delineante y va unificando las medidas con los colores, entonces su imagen se vuelve pura, auténtica, opalina. A más pureza de luz, más unida de rayos, y por tanto más perfección del semblante. En la medida en que Adán se acerca al ojo de la aguja de su mismidad y descubre en su fondo cristalino el pez nadando sereno, resurgirá para abrazarse al mundo. Él y el mundo serán uno y confluirán como los ríos y correrán juntos hacia otros derroteros, al mar acaso. La conquista consistirá en ser luz de luz, la mirada y lo mirado, la empatía ultrafina con el otro”.
Se trata, en efecto, de una compenetración total con el ser de las cosas. El sujeto lírico experimenta el sentimiento de compenetración con lo viviente y en éxtasis de contemplación mediante en contacto afectivo, imaginativo y sensorial con el alma del mundo, en una empatía entrañable con el otro:“En el medio día del placer, el tiempo pasa imperceptible, montando en Pegaso, en este clímax no hay pasado, solamente las Cenizas de un eco que palpita en el inconsciente. El futuro es un rumor de ausencia, polvo estelar perdido en lo incierto. Solo queda el presente, pirámide donde se enciende el vértice del alma y donde se vierte entera sobre la luna que argenta con su arte e ingenio la órbita de sus ojos”.
El denso poemario de Leonardo Henríquez explora lírica y estéticamente el origen del mundo, se instaura en el ab origine de los tiempos, y en cautivantes imágenes retoma el mito del origen y el hablante lírico recrea simbólicamente la creación del mundo y “vive” ese estadio primordial, genesíaco, original, para “sentir” el mundo visceral, empáticamente: “Pasa el reino de los dioses, el del ruiseñor, al de la mazorca del maíz, al de las constelaciones. Levita con los pies en la tierra, piesa el cielo en el suelo. Actúa con certeza de rayo láser, y mira más allá de la mirada con asombrosa agudeza del telescopio. Mientras dura el arrebato el vaso del alma se llena, incluso se desborda como una cascada. Todo lo posee en todo. El mundo cambia del color, de un color visible sólo al alma, aunque luego desaparezca diluido en el aire”.
Lo mismo en prosa que en verso, el sacerdote poeta asume interiormente una actitud vitalista y radiante, y desde el dominio espiritual de su visión del mundo su mirada profunda, auscultadora, holística, poética, retoma fenómenos y elementos y reconstruye el mundo para vivirlo poéticamente. Su aliento poético, bíblico e interiorizado, en actitud de compenetración y ternura se reconcilia con el sentido del mundo, y en tono gozoso y empático suma a su vocación sus percepciones o revelaciones trascendentes: “Desperté en un mundo/ donde no oía el ruido arenoso/ de los carros, lejos del mundo y grotesco/ tambor de la violencia./ Vi el cielo abierto como un túnel iluminado/ por el cual entraban,/ vestidos del blanco, silbando, los lirios./ Cuando entré en un clima sobrenatural/ tocaba mi piel y la sentía como de aire,/ y al hablar no hacía falta la voz,/ sino la mirada/ y la sinceridad del cristal desnudo/ del alma rutilante”.
Poseído por la fuerza sobrenatural que lo imanta a lo divino, nuestro poeta saborea el gozo de sentirse tocado por la Divinidad , y ya dijo Plotino que en cada criatura habita la huella del Uno, el Eterno, destello que se hace lumbre creadora en Leonardo Henríquez y le despierta el sentimiento espiritual que lo inunda y lo estremece en gozo profundo y elocuente en un don creador pleno de fruición y pasión: “por el cristal de la ventana/ entró tu voz como una luz./ En el interior/ de mi habitación una semilla sembraste./ La tierra oreada/ de mi mismidad se estremece./ Se entiende/ porqué se reúnen las aves/ para delatar mi dichas y propalar el gozo del agua/ entre las piedras de mis huesos florecidos”.
Con su visión amorosa del mundo, el cosmopoeta siente que el Universo se abre a su corazón, y así lo experimenta nuestro agraciado poeta al comprobar que el mundo se recrea cada día ante las pupilas asombradas de quien contempla la belleza de las cosas como la ven los que creen en el milagro de la Creación. El poeta lo expresa simbólicamente: “En el hueco de mis manos/recojo tu voz/y me la bebo”.
Con Fausto Leonardo Henríquez el Movimiento Interiorista suma una voz lírica, fresca y remozante, impregnada de aliento numinoso con empatía universal. Expresa su creación poética hondura expresiva y sensibilidad trascendente con la gracia del decir y el donaire clásico que amasa y engarza el ideario interiorista de una vocación estética. La lírica de Fausto Leonardo Henríquez confirma que poesía y sensibilidad cósmica son afines en virtud de su inserción en el misterio y la belleza. La sensibilidad trascendente, espiritual y empática, se potencia en los poetas que sienten el llamado de la Fuerza Espiritual del Cosmos, como se aprecia en este nuevo valor de las letras dominicanas, que recibió el don del sacerdocio y el don de la creación poética, y ha sabido conciliar en su expresión estética esa augusta inclinación espiritual que le distingue y enaltece, la palabra como vínculo de la creación y lo sagrado del mundo, y un poeta signado por lo sagrado, como lo es Fausto Leonardo, hace de la poesía un vínculo trascendente en favor del más hondo sentido de la vida.
Bruno Rosario Candelier
Tertulia del Movimiento Interiorista
Santiago, R. Dominicana, 21 de junio de 2000.
Notas:
1. Simón Pedro Arnold, “La reivindicación del sentido”, en “Los Domingos” del Listín Diario, Santo Domingo, 30 de marzo de 1997, p. 3.
2. Fausto Leonardo Henríquez, La otra latitud, Santiago de los Caballeros, Publicación del Ateneo Insular, 1999.
3. Génesis, 2,7.
4. Oriundo de La Vega, República Dominicana, Fausto Leonardo Henríquez nació el 20 de noviembre de 1966. Estudió el bachillerato en New York, Filosofía y Humanidades en el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo, y Teología en Barcelona y Valencia, España. Ordenado de Sacerdote por la Congregación de los Paúles, ejerce su ministerio sacerdotal en San Pedro Sula, Honduras, y en esa ciudad centroamericana dirige el Grupo Literario del Ateneo Insular y promueve el Movimiento Interiorista.
5. El padre Fausto Leonardo Henríquez ha publicado los poemarios Claridades (1994), Sucesiones (1995) La otra latitud (2001). Con Ínsula presentida (2004), bajo la Colección Ínsulas Extrañas, el padre Fausto Leonardo Henríquez afirma su vocación poética, asume la estética interiorista y encauza su sensibilidad trascendente hacia la resolución de una empatía armoniosa y cósmica.
Comentarios
Publicar un comentario
Se admiten comentarios, siempre que sean respetuosos