LA LUZ QUE APRENDE A HABLAR
Transparencia, amor y silencio en Claridades, de Fausto Leonardo Henríquez
En este poemario la luz entra por los ojos, desciende al corazón, se convierte en palabra, se transforma en mirada y termina desembocando en el silencio. A su alrededor gravitan el agua, los árboles, las raíces, el fuego, el mar, los pájaros y la voz. Son imágenes que reaparecen sin resultar meramente decorativas, porque todas participan de una misma intuición poética: el mundo visible posee un fondo invisible, y la poesía consiste en intentar alcanzarlo.
Los mejores poemas de Claridades nacen precisamente allí donde el Padre Fausto Leonardo Henríquez deja de describir la belleza para permitir que la belleza acontezca dentro del lenguaje.
La luz como revelación interior
Desde las primeras páginas se establece uno de los movimientos fundamentales de la obra. En el poema “Sobreaviso”, el poeta escribe:
“¡Abre! ¡Abre! ¡Abre!
Cuando llegue la luz
ten abiertas las ventanas.
Corre los visos de tus párpados
y abre de par en par puertas y ventanas…”
(Sobreaviso, p. 9).
La exhortación a abrir las ventanas posee un sentido espiritual evidente. Abrirlas es abrir los párpados, pero también disponer el alma. Desde el comienzo, la luz no es solamente un fenómeno exterior: necesita encontrar dentro del hombre una habitación disponible.
Esta concepción alcanza una de sus expresiones más puras en “Claridades”, poema que, al compartir el título del libro, puede ser leído como una suerte de arte poética:
“Luz de mis ojos
dime porqué veo las cosas desnudas
ellas desnudas
transparentes.”
Continúa el poeta:
“Estoy dentro de ti
dentro de tu mirada.
Por eso puedo ver todo tan claro.”
(Claridades, p. 15).
Aquí a mi entender reside una de las claves esenciales de Fausto Leonardo: la poesía no pretende adornar la realidad, sino quitarle sus velos. Las cosas aparecen “desnudas” porque la mirada poética ha logrado atravesar su superficie.
Fausto Leonardo es todavía más hondo en los siguientes versos del poema “Sol de dentro”, que cito:
“El sol no está en el cielo
está dentro en el corazón irradiando ternura.”
“La luz del alba
nace primero en la noche
en la oscuridad del corazón.”
(Sol de dentro, p. 17).
En estos versos se revela con particular intensidad la dimensión mística del libro. La claridad ya no significa ausencia de oscuridad: nace precisamente de ella. La noche deja de ser negación de la luz para convertirse en su misterioso lugar de gestación. La experiencia exterior se interioriza y el corazón termina convertido en verdadero espacio de revelación.
Amar es aprender otra forma de mirar
La poesía amorosa constituye otra de las zonas de mayor riqueza lírica de Claridades. El Padre Henríquez alcanza sus momentos más originales no cuando simplemente declara el amor, sino cuando intenta descubrir de qué manera el ser amado modifica la percepción del mundo.
En “Primavera divina”, el amor adquiere una delicadeza casi paisajística:
“Eres un mar sereno que juega a la ternura
en la orilla de mi alma.”
(Primavera divina, p. 22).
El hallazgo reside en la serenidad de la imagen. El amor no invade violentamente: toca la orilla del alma. El otro aparece como un mar que se aproxima sin destruir los límites de quien lo contempla.
Más singular todavía es “Amor transvisual”, uno de los poemas más logrados del volumen:
“Te puedo ver con los dedos.
Te amo más allá de la mirada.”
Luego dice el poeta:
“Tengo unos dedos capaces de ver con su tacto
tu corazón de oro…”
hasta desembocar en una espléndida paradoja:
“porque te veo con los ojos cerrados
mirando hacia adentro con los dedos.”
(Amor transvisual, p. 23).
La sinestesia adquiere aquí verdadero valor poético: el tacto mira, los dedos ven y los ojos deben cerrarse para alcanzar una contemplación más profunda. La persona amada ha dejado de ser exclusivamente presencia física para convertirse en presencia interior.
Ese tránsito conduce a una formulación todavía más radical en el poema “Mi forma de ser”:
“El mundo acaba en tu silencio
y comienza la vida
más allá del murmullo de ese silencio…”
Continúa el poeta:
“Tú eres mi única forma de ser.
Soy en ti desvivido en lo infinito de tu otredad.”
(Mi forma de ser, p. 25).
La palabra “otredad”, habitualmente asociada al discurso filosófico, adquiere aquí temperatura emocional. El poeta descubre que puede ser más profundamente él mismo precisamente al salir de sí.
La misma concepción aparece condensada magistralmente en “Vida de fondo”:
“Lo que busco en cada verbo
está en el verbo de tu mirada
—claridad definitiva—.”
“soy más mío en tu ser tuyo.”
(Vida de fondo, p. 32).
Este último verso contiene buena parte de la filosofía amorosa de Claridades. El amor no anula la identidad: la profundiza. La presencia del otro no empobrece al yo, sino que le permite descubrir una zona de sí mismo que permanecía inaccesible.
La palabra, la música y el silencio
Otra de las virtudes esenciales de Fausto Leonardo Henríquez es su percepción sensorial del lenguaje. Las palabras no son únicamente significados: poseen música, temperatura, materia, color.
En el poema “Rumor de sílabas”, el nombre amado se transforma en experiencia auditiva:
“El viento pronunciaba tu nombre dulce
cual acorde de arpa.
Sólo yo entendía su lenguaje.”
Luego el poeta nos revela una hermosa transposición de los sentidos:
“He oído tu nombre
como oye la fronda
los rayos plateados de la luna…”
(Rumor de sílabas, p. 20).
La fronda “oye” la luz. Nuevamente el poeta desordena deliberadamente los sentidos porque la percepción convencional resulta insuficiente para aquello que desea expresar.
En el poema “Miel de palabras” encontramos una de las formulaciones más delicadas de todo el poemario:
“Tu palabra es vida que me vive.”
y después continúa el poeta:
“el rumor azul del silencio
de tu cálido silencio.”
(Miel de palabras, p. 29).
La expresión “vida que me vive” invierte la relación ordinaria entre el sujeto y su existencia. Ya no es únicamente el poeta quien vive: es la palabra del ser amado la que lo habita y lo sostiene.
Esta concepción del lenguaje desemboca inevitablemente en el silencio, acaso el territorio donde la poesía del Padre Fausto Leonardo Henríquez alcanza su mayor proximidad con la experiencia mística. En el poema “Silencio” escribe:
“Cuando estoy contigo en el silencio
sólo la brisa se oye
fina elocuente de tacto tierno.”
Continúa el poeta:
“Cuando estoy contigo dejo de ser yo
de tanto que soy en ti
y hasta lo que no soy
llega a ser en tu presencia escultura o poesía.”
(Silencio, p. 48).
El silencio se convierte paradójicamente en una forma superior de elocuencia. Ya no significa ausencia de lenguaje, sino depuración de la palabra. En él, lo innecesario desaparece para que sobreviva únicamente aquello que verdaderamente puede ser dicho.
Por eso resulta especialmente significativa “Elevación de la palabra”:
“La palabra se eleva a mis ojos
a través de la mirada
y oigo tu voz en la palabra silencio.”
“Tú estás ausente
mas eres presencia sobre el lenguaje.”
(Elevación de la palabra, p. 49).
Este es otro de los grandes aciertos del libro: la poesía puede convertir la ausencia en presencia. Lo que ya no está permanece en el lenguaje. La palabra se vuelve morada de aquello que el tiempo o la distancia han separado.
El agua del tiempo y la mirada del otro
Entre los poemas de la parte final sobresale “Agua del tiempo”, donde convergen casi todos los símbolos fundamentales del libro:
“Desde dentro me has mirado
y por vez primera he sentido el agua
del tiempo en el no tiempo
el rumor a mar latiendo al compás del corazón
palpitando como una luz.”
(Agua del tiempo, p. 55).
Agua, tiempo, mirada, mar, corazón y luz aparecen reunidos con una naturalidad admirable. El “tiempo en el no tiempo” señala uno de los territorios característicos de la experiencia amorosa y mística: el instante que parece suspender la cronología.
Pero quizá uno de los hallazgos más hermosos del volumen aparece en el poema “Mi mirada tuya”:
“Te estoy mirando con tu misma mirada
y me deleito mirándote
con unos ojos que no son míos.”
Continúa el poeta:
“Si te veo con mis ojos soy como un ciego
por eso no quiero verte más que con tus ojos.”
(Mi mirada tuya, p. 57).
Estos versos trascienden ampliamente la poesía amorosa convencional. Amar significa aquí aprender a mirar desde el lugar del otro. No basta contemplar a quien se ama; es necesario intentar comprender el mundo desde sus ojos.
Estamos ante una especie de ética amorosa expresada poéticamente: el verdadero encuentro no sucede cuando el yo absorbe al otro, sino cuando acepta su perspectiva y permite que esa mirada transforme la propia.
La palabra final: decir desde el silencio
Toda la arquitectura espiritual de Claridades desemboca con enorme coherencia en el poema “Última palabra”:
“Mi última palabra la diré nunca.
Nunca se puede decir una última palabra…”
para culminar con esta paradoja:
“Cuando más se habla
es cuando más silencio se hace.”
Continúa el poeta:
“Mi última palabra será estar
diciendo siempre algo
sea en este tiempo
o al otro lado de éste
pero siempre en silencio.”
(Última palabra, p. 60).
Es un cierre de profunda coherencia estética. Claridades comenzó reclamando ventanas abiertas para recibir la luz y termina comprendiendo que la palabra definitiva no puede pronunciarse por completo.
Entre esos dos extremos se desarrolla todo el viaje del libro: la luz entra por los ojos, alcanza el corazón, se convierte en amor, mirada, agua, palabra y finalmente silencio.
Fausto Leonardo Henríquez: la claridad de una voz mística
Los poemas más logrados de Fausto Leonardo Henríquez poseen una virtud que distingue a la verdadera poesía: sus imágenes no solamente embellecen; piensan.
La luz piensa.
El agua recuerda.
La mirada ama.
El silencio habla.
Y la palabra intenta tocar aquello que se encuentra más allá de ella misma.
Por eso Claridades no debe ser leído únicamente como un poemario amoroso ni como una sucesión de imágenes luminosas. En sus mejores páginas se encuentra una indagación sobre el misterio de existir, amar, mirar y nombrar. Lo visible se abre hacia lo invisible; el cuerpo hacia el espíritu; la palabra hacia el silencio.
En esa frontera se reconoce la auténtica dimensión de Fausto Leonardo Henríquez: la del poeta para quien la poesía no constituye solamente escritura, sino una forma de contemplación.
Su condición de Premio Mundial de Poesía Mística, contemplada desde estos poemas, confirman una vocación poética sostenida: la búsqueda de lo trascendente mediante una palabra capaz de conservar todavía el temblor de lo humano.
Porque la verdadera poesía mística no necesita abandonar el mundo para encontrar lo absoluto. Puede descubrirlo en una mirada, en unos dedos, en el rumor del agua, en unas raíces hundidas en la tierra, en la palabra de quien se ama o en el silencio que permanece después de todas las palabras.
Fausto Leonardo Henríquez pertenece a esa estirpe de poetas que saben que el misterio no siempre se encuentra lejos. A veces está delante de nosotros, pero hace falta una mirada distinta para reconocerlo.
Allí se encuentre la grandeza más perdurable de Claridades: haber convertido la experiencia de mirar en una forma de revelación y haber hecho de la palabra un camino hacia aquello que la palabra misma no alcanza a decir.
Cuando el libro termina, la luz que atravesó sus páginas no se extingue. Permanece en el lector. Y entonces comprendemos que Fausto Leonardo no ha escrito solamente sobre la claridad: ha intentado producirla. Ha hecho de la poesía una ventana abierta hacia lo invisible; de la mirada, una forma del amor; del amor, una manera de trascender; y del silencio, la última y más alta morada de la palabra.
Por eso su poesía, allí donde alcanza su plenitud, no termina cuando cesa el verso. Comienza precisamente entonces: cuando la palabra calla y queda, iluminando por dentro, la claridad que resueva en nuestro interior.
Dr. Juan De Jesús Santos Santos
Abogado, Decano de Humanidades de UCATECI y poeta interiorista
Moca, República Dominicana
Sábado, 24|10|2026

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