Arca de amasar diluvios: tres libros de aliento poético con treinta y dos poemas distribuidos en sesenta y cinco páginas. Apenas ochenta y nueve gramos de materia impresa fueron suficientes para contener una evocación de dimensiones insospechadas, una premonición que parece extenderse más allá de sus propios límites y el peso persistente de una angustia existencial que anuncia, paradójicamente, tanto la devastación como la posibilidad de liberación del ser humano. En este horizonte se distingue la imagen de una «sociedad líquida», cuya fluidez e inestabilidad, en el sentido propuesto por el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, disuelven certezas, debilitan vínculos y someten al individuo a la incertidumbre de un mundo en permanente transformación.
Arca de amasar diluvios se enmarca dentro de la poesía contemporánea dominicana, y simboliza una intensa carga existencial de un poeta que ausculta la realidad humana y la construye desde su fuero más íntimo y de la interacción social y cultural del momento histórico que le ha tocado vivir. Dicha obra fue presentada oficialmente en el año 2011, en la Biblioteca Don Guido Despradel, La Vega; también en Barcelona en el 2013 en el marco de la IV Semana Cultural Dominicana, y en un acto representativo en la Academia Dominicana de la Lengua.
Arca de amasar diluvios cuenta con el privilegio de estar prologada por cuatro figuras de reconocido prestigio literario: Juan Miguel Domínguez Prieto, poeta, periodista, novelista y filólogo de sensibilidad romántica, quien, desde su tribuna crítica, ofrece una lectura singular de la obra al afirmar que el poeta vegano «oye en sí la cadencia del asombro». Una expresión que invita a auscultar el ritmo secreto de los acontecimientos e impresiones disonantes que sacudieron su espíritu y encentraron en la poiesis su más genuina resonancia. O, como sugiere el propio prosista madrileño, se trata de «el ritmo no métrico del más allá; el más acá entrañado hasta las transfiguraciones». Bajo esta perspectiva, ahora la obra adquiere una dimensión alegórica y musical en la que lo visible parece dialogar con lo invisible, y la realidad inmediata se abre a los misterios de una existencia que trasciende sus propios límites. Se configura así un universo de resonancias metafísicas, cuya complejidad interpretativa puede exigir del lector aventurero no solo una lectura crítica, sino también la disposición de internarse en los pliegues más enigmáticos del lenguaje y de la experiencia poética.
Teonilda Madera, poeta, cuentista, dramaturga, ensayista y pedagoga dominicana, sitúa al autor en el territorio íntimo de la existencia al definir su obra como «un entrañable ejercicio de intimidad que revela la soledad irremediable del drama humano». Desde esta perspectiva, el poeta construye y contempla su universo creador a través de una sensibilidad estética que penetra en las honduras de la experiencia humana, donde la soledad se revela no como un accidente circunstancial, sino como una condición esencial, persistente y determinante de la existencia.
Por su parte, Bruno Rosario Candelier, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua, aborda la obra desde las coordenadas laborales, vocacionales y espirituales del autor; es decir, desde su vocación sacerdotal y su particular tesitura mística. A partir de esta mirada, descubre una sensibilidad interiorista que se nutre de la contemplación y del recogimiento, y que encuentra en la palabra poética una vía de aproximación a las dimensiones más profundas del ser. Se trata de una «intuición ante la verdad, la belleza y el misterio, desde una visión lírica, metafísica y simbólica, afín a su sensibilidad social, espiritual y estética», en la que la experiencia trascendente se funde con la percepción sensible del mundo.
José Acosta, escritor y periodista dominicano, propone una reflexión de resonancias cuánticas de contundencia reveladora: «Los seres comunes viajan al pasado, pero no saben traer nada de allí; son fantasmas de sus propias historias». En esta afirmación, el pasado deja de ser un territorio clausurado para convertirse en una dimensión susceptible de ser recuperada mediante la conciencia creadora. El autor profundiza esta idea al sostener, con una convicción que trasciende lo meramente conceptual, que «el poeta verdadero trae del pasado ese soplo de vida que echa a andar las palabras». Así, la poesía se erige en un acto de resurrección simbólica: rescata lo vivido de las peripecias del tiempo, le devuelve su aliento originario y lo transforma en palabra viva, capaz de convocar la memoria, renovar la experiencia y abrir nuevos horizontes de significación.
Por tanto, no parece fortuito que esta lírica, desde la sobrecogedora imagen que ilustra su portada, suscite nuevas asociaciones e interrogantes capaces de confluir en un modelo interpretativo de mayor hondura y compromiso estético. Me intrigó particularmente querer descubrir quién fue el autor de la composición pictórica; pero poco importa. La imagen posee un lenguaje propio: habla, sugiere, interroga y nos invita a descifrar los silencios que habitan su misterio. Presumo que Fausto, desde su percepción visual e interoceptiva, procura conducirnos hacia ese espacio íntimo y silencioso donde se gesta el incesante arrullo de su voz poética; un territorio interior desde donde el ser se confronta consigo mismo y donde el vacío existencial, transfigurado por la sensibilidad estética, adquiere la posibilidad de revelarse, conmovernos y encontrar sentido.
El rostro emergido desde la imagen es severo, envejecido y marcado por las huellas del sufrimiento. Su expresividad parece condensar las cicatrices invisibles de la experiencia y establecer, desde su mutismo, una relación con los elementos fundamentales de la comunicación: alguien que mira, algo que se revela, un lenguaje que interpela y un destinatario convocado a descifrar sus significados. Entre sus brazos sostiene una pequeña figura cuya presencia sugiere fragilidad, inocencia y desamparo. Pero ¿y si esa figura representara algo más profundo, acaso esa dimensión entrañable e inseparable de nuestro ser que nos resguarda frente a las adversidades? ¿Esa voz interior, intuitiva y silenciosa, que nos advierte de los peligros, nos repliega hacia nosotros mismos y, en ocasiones, nos permite trascender nuestras propias limitaciones?
También podría tratarse de una representación simbólica de la relación perenne entre el adulto y el niño que todos llevamos dentro: ese niño que el tiempo no consigue borrar, que permanece agazapado en los pliegues de la memoria y que, desde el corazón acrisolado por los años, continúa llorando sus pérdidas, reclamando afectos y evocando un pasado que, lejos de extinguirse, insiste en hacerse presente. Porque hay recuerdos que no envejecen, porque hay heridas que no terminan de curar, porque hay nostalgias que alimentan nuestra identidad.
¿Y qué decir de esas manos entrelazadas? ¿Acaso expresan una necesidad imperiosa de protección, una forma de amparo fraterno y maternal que el ser humano busca incluso dentro de sí mismo? Tal vez revelen el deseo de reconciliarse con la propia fragilidad, de aprender a quererse y protegerse frente a las distintas formas de sometimiento y dependencia, así como ante la ansiedad y la angustia que acompañan, tantas veces, el desamparo existencial. En ese gesto podría latir, además, una silenciosa voluntad de resistencia: la necesidad de encontrar en uno mismo el refugio que el mundo exterior no siempre ofrece.
Al final, la imagen parece devolvernos una pregunta esencial tan antigua como la propia conciencia: ¿Qué somos, sino criaturas vulnerables que buscan comprenderse, protegerse y reconocerse en medio de sus contradicciones? ¿No reside acaso en esa fragilidad nuestra más profunda humanidad? Y, si la libertad constituye una condición inherente al ser, ¿no implica también la responsabilidad de asumirnos, cuidarnos y responder por el sentido de nuestra propia existencia? Quizá sea precisamente ahí, en esa intimidad donde convergen el dolor, la memoria, el amor y la conciencia, donde la imagen deja de ser una simple representación plástica para convertirse en un espejo de la condición humana.
La imagen de portada parece condensar, en su densidad simbólica, el universo existencial que recorre la obra. No se limita a ilustrarla: la representa, la anticipa y, de algún modo, revela sus pulsaciones más íntimas. En ella confluyen las grandes estaciones de la existencia —nacer, crecer y morir—, junto con las huellas del tiempo, las heridas del dolor y la persistencia del recuerdo. Todo parece discurrir conforme a nuestra vulnerable condición humana sometida ya, al tránsito inexorable de los días y a la incertidumbre de un destino que apenas alcanzamos a comprender.
Desde esa misma intimidad emerge una voz poética que quiere contarnos desde las entrañas del ser, su revelación, no tanto por lo que expresa abiertamente, sino también por aquello que calla, insinúa o deja suspendido en los intersticios del lenguaje para que lo descubramos. Es, según mi parecer, la estética de lo no dicho, una forma de revelación en la que el silencio adquiere densidad expresiva y las palabras parecen prolongarse más allá de sus propios significados. En ella se manifiesta una impronta estilística singular, vinculada a la sensibilidad creadora del autor de Isla Negra.
La arquitectura sonora y semántica de sus versos, con sus correspondencias, disonancias y resonancias internas, articula una constelación de experiencias profundamente humanas: el dolor, el sufrimiento, la consternación y la angustia, entretejidos con la creatividad y la belleza del lenguaje. Esta tensión favorece en buena parte la fuerza expresiva de la obra: la capacidad de convertir la herida en lenguaje, el desasosiego en materia estética y la fragilidad en una forma de conocimiento. Porque la poesía, cuando desciende a las profundidades de la experiencia humana, no siempre busca disipar las sombras; a veces, su mayor virtud consiste en darles forma, hacerlas visibles y permitirnos reconocer en ellas algo de nuestra propia existencia.
Valga mención en este apartado al pensador italiano Gianni Vattimo (Turín,1936 - 2023). Su obra filosófica hace eco en la verdad poética del sacerdote vegano.
Para Vattimo, hemos entrado en la postmodernidad, una especie de "Babel informativa", donde la comunicación y los medios adquieren un carácter central, dirigida por las concepciones unívocas de los modelos cerrados, de las grandes verdades, de fundamentos consistentes, de la historia como huella unitaria del acontecer. Tolerancia y diversidad. Es el paso del pensamiento fuerte, metafísico, de las cosmovisiones filosóficas bien perfiladas, de las creencias verdaderas, al pensamiento débil, a una modalidad de nihilismo débil, a un pasar despreocupado y, por consiguiente, alejado de la acritud existencial (GiaArca dnni Vattimo - Wikipedia, la enciclopedia libre)
Arca de amasar diluvios es una obra inédita del poeta y sacerdote vegano, donde se estableció el Fuerte de la Concepción, y donde se erigió una de las dos primeras diócesis de América, hoy estampada como culta, olímpica y carnavalesca, y desde cuyas tierras levanta su voz, para expresar sus sentires bajo el incesante gorjeo de su mundo interior, atormentado por sus desvelos y habitado por las incertidumbres que lo asedian. El poeta de La Concepción amasa sus palabras con el barro de su propio nombre, con la materia íntima de su existencia, y las convierte en testimonio de una sensibilidad que, aunque sesgada por la subjetividad, permanece consciente de su tiempo, de su historia y de las huellas que ambos dejan sobre el ser humano. Su palabra nace, así, de la hondura de sí mismo: barro, memoria y conciencia transformados en poesía:
Riña
Sustancia de angustia, pesada llaga / atormenta mi sueño. / Afloja tu nudo que me turba el alba. / ¿Por qué le das con su sombra golpes de oscuridad? / Cesa. Mis huesos ya no gimen, / su dolor traspasa la muerte./ Mi angustia es un reducto de un no sé qué universo. / Ancla que lastima lo profundo del jarrón. / Hablo de la angustia del tallo cortado, / de la rosa y su sangrante herida, / de su inexplicable dolor. / Algo arranca mis raíces. Bebo murmullos, callo. (Arca de masar diluvios. Pág. 20)
Ansiedad
Nada se parece a tu ansiedad, / Nada a tus desvelos. (…) / Es tarde en esta acera. / Acabemos de sembrar el insomnio,/ que el búho nocturna. (Frag. Arca de masar diluvios. Pág.30)
Imagen y palabra, belleza y dolor; subjetividad y libertad: reflexiones claves en la lírica de Fausto Leonardo, quien, a través de su lectura, nos incita a releer al filósofo danés Søren Kierkegaard, quien incorpora, al igual que Fausto, la angustia existencial como parte esencial de la búsqueda de la autenticidad individual; una paradoja de la libertad donde el individuo se encuentra atrapado entre posibilidades infinitas y la necesidad de tomar una decisión concreta”.
Ítaca
Corres entre las sombras ilimitadas / el ángel impalpable que nace en la carne / y se pudre en el grito / ingrávida eternidad. / En esta realidad cada alma es una estrella / un gesto, pues solo el barro aquí, / en este lugar incierto, es lo más cercano a Dios que exista./ Nadie sabe, excepto la extraviada / plata celeste, que es por aquí, por donde navego, / que se llega a Ítaca. (Frag. Arca de amasar diluvios. Pág. 58)
Pero la imagen de esta obra, desprovista de título y de firma, se erige como un enunciado fehaciente del autor, una suerte de revelación anticipada que sirve de antesala a su universo poético. En ella se establece un sugerente contrapunto entre las zonas oscuras del pensamiento creativo y reflexivo y una luminosidad que, aunque contenida, se resiste a desaparecer. La imagen parece vislumbrar una lucha incesante entre la vida y la muerte, la esperanza y la desolación, la memoria y el olvido; dualidades que se enfrentan, se complementan y terminan habitando un mismo espacio interior.
Sobre un fondo terroso casi sepia de la imagen, la composición despierta una sensación de antigüedad y de memoria detenida, como si el tiempo hubiese dejado sobre ella una huella indeleble, una mancha existencial imposible de borrar del alma del autor. Hay en esa tonalidad algo que evoca lo remoto, lo vivido y aquello que, pese al transcurrir de los años, se niega a desaparecer. Es como si el diálogo interior que sostiene la obra, proviniera de un pasado todavía palpitante; un pasado que, lejos de permanecer clausurado, regresa desde la memoria y se instala en el presente y termina por delatar al poeta en aquello que más íntimamente lo constituye:
Dolor sin tiempo
Nada perece sin llorar, / nada cambia sin dolor. / Nube retén tu sed. / La tierra aguarda cogollos, no muerte. Cállame esos filos. / La ira de los que beben sangre. / Se abre la esperanza. El sol se quiebra las manos. / Baja de prisa Artemis de los palacios. / La muerte ha sembrado el campo. / La cosecha se espera colmada de lápidas. Cabalga en el hambre el hombre. / Come pan la luna menguante. / Llevo conmigo un Guernica incrustado en el gemido. / Sálvame Luz, de este dolor sin tiempo. (Arca de amasar diluvios. Pág. 24).
Las imágenes de sombra, noche y muerte que sustentan la obra, conforman un amplio territorio simbólico desde el cual el poeta se aproxima, sin evasiones, a la desnuda realidad de la existencia humana. Son imágenes que nos enfrentan con la vida en su dimensión más vulnerable: con el dolor, la incertidumbre, la pérdida y la conciencia inevitable de la muerte. Esta persistente dialéctica entre luces y sombras no parece responder únicamente a una elección estética; podría leerse también como la huella de una memoria histórica marcada por traumas, rupturas y experiencias colectivas que, aun perteneciendo al pasado, continúan proyectando sus sombras sobre el presente. De este modo, la oscuridad que habita los versos no es solamente ausencia de luz, sino memoria; y la luz, lejos de representar una simple claridad, se convierte en la posibilidad de revelar aquello que el tiempo se empeña en ocultar.
Sepultura
Me duele el hombre, / su mirada caída, su voz sin asta, / su noche deslunada. (Frag. Arca de amasar diluvios. Pág. 25)
Noche
¿A dónde me llevas, noche? En tus ancas / recorro fauces, espacios indescifrables. (Frag. Arca de amasa diluvios. Pág. 27)
La estructura íntima de este poemario podría compararse, por su intensidad, tensión y desarrollo temático, con la Sinfonía n.º 1 en do menor de Johannes Brahms. En ambos casos parece existir un sentimiento riguroso, profundamente problematizado, que avanza entre tensiones y reposos, entre zonas de inestabilidad y momentos de resolución. El verso libre adquiere, bajo esta perspectiva, una suerte de comportamiento sonántico: cada poema funciona como un motivo que se anuncia, se transforma, reaparece y dialoga con otros motivos, construyendo una arquitectura emocional de singular intensidad.
La aparente inestabilidad tonal encuentra su equilibrio a medida que interactúan los sonidos o, en este caso, con la musicalidad más íntima de los versos, los que convergen con el motivo, con el ritmo y con el fraseo que sostienen el discurso poético. Las modulaciones parecen conducirnos por territorios cada vez más distantes, incluso por zonas que podrían parecer infranqueables; sin embargo existe -entre ellas- una secreta continuidad armónica. El poemario parece alejarse, por momentos, de su motivo inicial, como si cada composición emprendiera una ruta autónoma; pero, en realidad, nunca abandona su tonalidad fundamental: regresa una y otra vez al núcleo originario de su sentido poético.
Se percibe así un tono dominante que atraviesa el conjunto y permanece como una nota sostenida bajo la superficie de los versos. Esa resonancia alcanza su máxima tensión en el instante angustioso en que la existencia se sitúa ante su límite: aquello que parece vida frente a aquello que parece muerte; ese umbral incierto que precede a lo inevitable y que apenas consigue sostenerse en «un hilo de vida». El poeta recoge entonces del pasado hechos, voces y experiencias vividas, los entrelaza con el presente y los convierte en motivos recurrentes de una composición mayor, cuyo primer movimiento parece anunciarse desde «Arca de amasar diluvios» y cuyo último acorde desemboca en «Réquiem», palabra que remite al descanso, al reposo, al Requiescat in pace.
Entre ambos extremos se despliega, entonces, una verdadera partitura existencial que comienza con el diluvio y concluye en el reposo; transita por la memoria, el dolor, la angustia y la esperanza; modula entre la vida y la muerte sin perder jamás su tonalidad esencial. De ahí que el poemario pueda leerse como una composición en la que cada verso, cada silencio y cada imagen participan de una misma búsqueda: encontrar, en medio del ruido de la existencia, esa nota última que permita reconciliar al ser humano con su propio destino.
Réquiem
En un quejido de cupo la muerte / tu cuerpo aplasto la luz del día, / fuiste hierba que arrancara la mañana. / Cronos se detuvo en tu último paso. / En tu boca un hilo de vida, / en tus manos el corazón abatido. / El incienso amortajo las lágrimas. / Un cirio, entre sollozos, no dormía por velarte / ni las rosas tiemblan tanto entre la tijera / como el sol que vio hundirse aquel medio día / en los Jardines de la Eternidad. (Frag. Arca de amasar diluvios. Pág. 63)
Arca de amasar diluvios puede asumirse como un concepto aparentemente unívoco que, al internarnos en sus páginas, se abre hacia múltiples significaciones. Tres libros escritos en verso libre, tres cauces de una misma corriente temática, conforman un solo cuerpo poético que avanza entre la acción, la contemplación y el desenlace. La obra adquiere así una tesitura sinfónica, en la que distintas voces, motivos e imágenes se entrelazan para configurar tres movimientos de una misma partitura existencial:
I. Alud de afición: a piu sostenuto. Un primer movimiento de ritmo obstinado y tensión emotiva persistente. Sus quince poemas breves se precipitan como un alud sobre la conciencia y abordan tres núcleos esenciales de la experiencia humana: el drama de existir, la dimensión sombría de la vida y la angustia ante nuestra propia condición. Aquí la palabra parece avanzar bajo presión, como si cada verso cargara con el peso de una inquietud que no encuentra todavía reposo.
II. Pintura con sentido. Segundo movimiento en el que la poesía establece un diálogo fecundo con cinco grandes obras de las artes visuales:
• Ejecución sin juicio, de Henri Regnault, como último quejido, horror y estremecimiento ante la violencia.
• La urraca, de Claude Monet, como ese paisaje nevado que parece sepultar la oscuridad bajo una blancura silenciosa.
• El pobre pescador, de Pierre Puvis de Chavannes, como territorio sensitivo desde el cual la mirada poética penetra en las profundidades de la condición humana para entrelazar y confrontar el grito angustioso que surge de su íntima «morada interior».
III. Puerta en el abismo. El tercer movimiento introduce una tonalidad diferente: una apertura hacia la esperanza, una grieta en el muro de la angustia por donde comienza a filtrarse el deseo de liberación. Los poemas adquieren aquí un carácter más reflexivo, sereno y edificante. «Instante de luz», «Identidad», «Locura», «Búsqueda», «Vuelo», «Mar adentro» e «Ítaca» anuncian, casi sorpresivamente, una salida posible del laberinto interior. La oscuridad no desaparece, pero deja de ser absoluta; en medio del abismo surge un resplandor que transforma la mirada y permite vislumbrar otra posibilidad de existencia.
Así, los tres movimientos de Arca de amasar diluvios describen un recorrido que va de la conmoción a la contemplación y de esta a una posible redención. El libro comienza bajo el peso del alud, y se detiene ante el espejo de la pintura y finalmente atraviesa una puerta que se abre hacia la luz. Es un viaje hacia las profundidades del ser, por los mares turbulentos de la memoria, el dolor y la incertidumbre, hasta alcanzar ese punto en que la palabra poética parece encontrar su propio reposo. Son, en definitiva, los mares inquebrantables del Arca, donde el poeta amasa sus diluvios para convertirlos en música, memoria y revelación.
Por Miguelángel Durán Ureña.
Encuentro del Ateneo Insular.
Salón Literario Juan Bosch.
Museo del presidente Ramón Cáceres.
La Vega R. Dom. Estancia Nueva,
Moca, R. Dom.
24 de octubre del 2026

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