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LA LLAMA PERPETUA: JUAN SANTOS


En este poemario, La llama perpetua, hay una constante entre lo temporal y lo eterno. El binomio alma-cuerpo, tiempo e intemporalidad son parte del armazón que construye el autor en este poemario terriblemente bello. Yo sitúo este poemario, al menos como enunciado, en el marco de la idea que tiene Kant en su ensayo La crítica del juicio,  donde el pensador habla de un tipo de belleza relacionada con lo sublime terrible.

 

Por otra parte, Santa Teresa de Jesús decía que “no estamos huecos por dentro”.  En este tenor, Santos advierte a los de su generación que hay una presencia que mora en el “oscuro centro”. Esa presencia es una certeza, a veces enturbiada por la realidad existencial siempre imperfecta, que está dentro de la persona. El joven poeta proclama con su obra que la persona no está vacía, que no está hueca, que está habitada por una presencia amorosa que le da sentido. Eso es lo que él canta torrencialmente. De ahí su lucha interior –juego de sombras que se contraponen a los fuegos y luminosidades que circulan en sus venas– por lograr la visión de la luz celeste como si fuera un Dante deslumbrado por la luz divina en el Paraíso.

 

Como las serpientes que mudan la piel, así el alma del poeta que, enamorada y luminosa, mira lo que fue –la vida pasada– para mirarse en Dios. El sosiego le viene cuando un “soplo recurrente” lo abraza. La vida cambia cuando se nace de la herida del corazón, del “cálido vientre” de la luz.

 

En fin, este primer poemario de Juan Santos contiene vetas de la poesía destinada a atraer la atención de los lectores exigentes.  Hay mucha fuerza, todavía indomada en sus composiciones, pero esto es cuestión de tiempo. Esta obra es el tic de una “gota inmortal”. Y eso basta para saber que su propuesta poética va en serio.

 

 

 

 

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