21 abril 2026
JUAN ANTONIO ALIX, Décima inéditas
WISLAWA SZYMBORSKA, Amor feliz y otros poemas
MIGUEL DELIBES, Los santos inocentes.
PERE BESSÓ, El Quadern de Malta
Bessó en esta obra penetra los secretos de la palabra[1]. La savia que la nutre reside en Malta, isla situada en el Mar Mediterráneo, esa extraña tierra preñada de encanto y misterio. La poesía de Bessó es culta, a veces hermética, árida, mas siempre provocadora y luminosa. «La línea de la vida ardiendo como un vino de cosecha». «Sólo los árboles oyen el griterío de sus nombres descortezados».
Bessó es, sin duda un creador de la palabra para iniciados. Poeta que deja destellos de su obra en cada obra que es el poema: «Recuerdo el gozo del lugar que enjuaga la ola», «plegaria bajo la piel yerma / la mansedumbre de la arena».
Malta ha impregnado con su luz la voracidad ocular del poeta: «Que descanse después del arrebato de luz / tanta dudosa revuelta de luz»; «Un pajarillo de luz espera el milagro».
La poesía de Bessó es humana hasta los huesos. No reprime ni la pasión ni la intuición, ni lo humano ni lo trascendente: «Acaso la eternidad que hace surco en eco en tiempo de revuelta»; «Toda la noche al atisbo de la escala de Jacob, / el aljibe oscuro de la noche me ha vuelto amigo del hijo de Jacob […] la noche entera velando el espolón del ave que hiere el alba».
Como se puede apreciar en estos versos espigados a El Quadern de Malta, Bessó extrae la palabra pura del genio artístico como si se propusiera pasar la vida «enhebrando las puntas de las llamas hacia el árbol incandescente de la sabiduría».
La poesía de Bessó está cosechada en el magma del lenguaje. Nada, al parecer, le deja indiferente, ni siquiera las garras del viento salvaje de la isla de Malta, en el cual transmuta sus emociones: «Arañazos y dentelladas, / la afilada añoranza del viento de la isla, / el ala de la pena».
William Wordsworth escribió su magna obra El Preludio sacando del jarrón de su memoria sus vivencias de infancia y juventud. Bessó, como el célebre poeta romántico inglés, recordando sus vivencias más entrañables, tiene como depósito de su imaginación, la memoria, las vivencias: «Trabajo al anochecer el hueso de la memoria». Porque acaso el acto creador sea precisamente eso, inventar de nuevo el mundo que se nos fue en un intento de eternizarlo con la palabra poética.
El Quadern de Malta pone en evidencia con cuánta fuerza Bessó nos descubre, en el ejercicio de la palabra que es el poema, su alma de artista subyugado por el misterio telúrico de la isla que le dicta sus secretos: «Yo sólo soy la fría niebla del grito sofocado, el bostezo ruidoso de este / solo instante de soledad plena: Mi sol naciente sano y salvo en una corteza / de limón que aún levanta el vuelo con todo su esplendor».
Bessó halla en la isla de Malta el eco de la eternidad, lo intuye y lo deja ver en estas palabras lúcidas: «Me hundo en este monasterio de noches resbaladas en donde el alma / insomne se levanta a pasear». En ese “paseo del alma desvelada”, el poeta, como un ermitaño o anacoreta que habla con Dios mientras contempla las luminarias celestes: «En las comisuras del labio herido espigo tu nombre, / como el ermitaño ciego que sólo saluda las estrellas abriendo su corazón / al calabozo de la luna».
El Quadern de Malta es, pues, el “hueso de la memoria” de la que el poeta emerge «como la serpiente emerge todavía del fuego».
[1] Pere Bessó, Cuadern de Malta, Ediciones Libros de Alejandría, Buenos Aires, Argentina, 2006. Edición bilingüe catalán-castellano. ISBN 987-9359-11-9
RAMÓN J. SENDER, Réquiem por un campesino español
ROSA SILVERIO: DE VUELTA A CASA, DESNUDA, ROSA ÍNTIMA, SELECCIÓN POÉTICA
De vuelta a casa (2002)
En este poemario he leído poemas desoladores, desgarrantes, casi suicidas. Desengaño, vida al borde del abismo. Poesía de al vida, del dolor; poesía terriblemente humana y diáfana. «Se chorrea el alma / por las grietas de mis ojos» (Lugubre); «La angustia de la mariposa / encerrada en mi cabeza» (De vuelta a casa)
Desnuda (2005)
Vuelta la calma, a la certeza de volver a tener el control de las cosas, al menos el sentido de la realidad. Unas cosas se poseen y otras simplemente creíamos haberlas poseído. Melancolía. Una historia cargada de nostalgia. «¿Por qué son tan amargas las almendras? / ¿Por qué la tarde envejece tan callada / que nadie lamenta su partida?» (De regreso). «La mancha que olvidó el café tiene su historia» (Todo era nostalgia). « ‘Tener’ es un verbo demasiado inmenso del que tan sólo conozco sus orillas» (Pertenencias).
Rosa íntima (2007)
Poesía vital, clara, expresiva. Recoge los sentimientos y las emociones fuertes de la poeta. La palabra es un cauce por el que se desborda la imaginación, la desolación y el cansancio o hastío cotidianos. «Silvia salió dormida, / con los ojos abiertos pero dormida […] Como una rosa joven sin manchas ni fisuras» (Mujer desnuda). «Mi tristeza es mía, única, egoísta […] Hay en mí una predisposición natural, / una voluntaria forma de estar / que nadie comprende / y que no espera ser comprendida por el mundo» (Mi tristeza). «Tejer la oscuridad y la nostalgia, / coserme el corazón y los contornos, / reparar las heridas del interior» (Costura).
Selección poética (2010[1])
OTONIEL NATARÉN, LA PIEL DE LA TERNERA
El auténtico poeta transmuta sus emociones, sus pasiones, sus goces y sus dolores en una sustancia diferente. Oto se sitúa en la égida de los que saben transformar lo humano en arte, en belleza subyugante. «Y moribunda y puñal sanguíneo, desde una ubre de luna, / clamara como una nube, despeñándose» (Los destellos de la fe transida).
La creación poética de Oto comunica una ternura refinada, es decir, un erotismo límpido. Hay en “La piel de la ternera”, un canto al amor, a la piel, a la ternura. No al amor platónico, sino al amor vivido, sentido al borde del deseo, más allá de toda tristeza posible. «La lengua / la suavizada carne de los besos» (Los destellos de la fe transida). «Yo fui para besar tus ojos silenciosos» (Ahora aquel retrato). «Como si probaran de ti el color salado» «Por algún resquicio, la sigilosa Eva, sonríe: / para ninguno fue creado el descontento» (Donde se sientan las varonas).
La piel de la ternera, evoca el universo limitado de los sentidos, la vida envuelta en la piel y sus goces más inmediatos como si dijéramos –invirtiendo las palabras cartesianas-, ‘percibo, luego existo’. El poeta recorre el territorio de la piel con ternura. «Cuanto percibieron nuestro sentidos, existía» (Respuesta a las varonas). El goce de los sentidos, algo muy humano y universal, deja la huella en el recuerdo, de la tristeza de la felicidad que pudo haber sido y se fugó ahondando aún más el anhelo de poseerla. «La visión te nombra / la visión te la dio el anhelo en un aullido» (La visita breve).
Otoniel Natarén continúa la tradición poética hondureña al más acendrado estilo de un Adán Castelar maduro de “También el mar”, “Tiempo ganado al mundo” o “Cauces y la última estación”. En mi opinión, esta comparación no es pretenciosa ni forzada. Por una razón sencilla: Oto, como Castelar, no nombra las cosas, las reinventa poéticamente. Y ésa es la novedad, y acaso la grandeza, que introduce el poeta progreseño, Natarén. «Entre el ruido de la niebla de las riberas, nuestro río propio, / donde nos descalzábamos» (Mito de la matrona). «Sirviéndose el café blando en la leche negra» (Mentira sobre los galeotes). «En sus piernas nacía el mundo» (Los zapatos de la bailarina).
La piel de la ternera es un manifiesto a la felicidad, a la manera de Dafne y Cloe, sólo que aquí el amor que nos descubre la belleza de la amada es urbano. «Yo la hice más hermosa con mis manos» (El gran mórbido). «Yo le tuve pasión, / yo le tuve estima, en un beso, en carne, / en semejanza» (Inquietudes).
El río Ulúa, acaso, esté entre los registros poéticos de nuestro poeta. No el río en sí mismo, sino como ya hemos dicho arriba, transustanciado en la palabra. «De algún lado se desprende todo lo limpio de tu derramamiento […] es tu recorrido quien lleva el agua tan antigua […] por algún lado sabe este río, una verdad de río» (Las márgenes del río).
La piel de la ternera es, sin duda una obra en la que el poeta alcanza cuotas de la verdadera poesía, es decir, de la palabra trabajada con genio, con talento. «Pero hablan las ruinas sobre mí, / desde las piedras; / todas las hijas multiplicadas: sus sombras heridas, / con las luces, heridas, cinturas heridas» (Sara).
La obra La piel de la ternera me trae a la mente el ensayo “Llama doble” de Octavio Paz. Pienso que para entender bien este poemario de Oto, como Papiro de Jorge Martínez, hay que tener como base la obra de Paz. Insisto, piel y ternura encierran el erotismo, la pasión, el goce y la felicidad de los amantes. «Los llamados de la piel, / de aquel encierro, / de aquella mujer; / el mismo deseo» (La piel de la ternera).
En la piel, en el encuentro de los cuerpos, una verdad más profunda y bella, aunque se confunda con los deleites de la carne, se percibe en las palabras de Natarén. «Y aunque arrojados del seno, / alguna verdad se nos presentó amable». Buscamos el amor en su estado puro, la felicidad total, plena. Si no acertamos en el camino para conseguirlo entonces padecemos, sufrimos el fracaso.
Tras arañar el elixir de la piel, del placer, sólo queda la soledad, la terrible inquietud que cantara Jorge Manrique: “cómo el placer / después de acordado, da dolor”. El goce, pues, de los amantes, tiene un límite que despierta una necesidad, me aventuro a decir que de una piel y ternura intangible, suprasensorial.
A este tenor, Dante Alighieri, cuyo canto en el Paraíso de la Divina Comedia, celebra la luminosidad de la amada, Beatriz, podría ser el más remoto telón de fondo del arte poética de Natarén, para quien, como estudioso de las letras, de seguro no le será ajena su lectura. Beatriz deja de ser la amada terrena, para revestirse de una belleza divina, sublime, transmutada y eterna: «Y desde el tacto, la necesidad antigua, la luminosidad de otra existencia: un recuerdo desde otra existencia». (Fin del camino).
En fin, Otoniel Natarén puede llamarse y sentirse de verdad elegido de las musas, pues tiene el don de bello decir. El arte acabado y puro nadie lo tiene, pero no cabe duda de que La piel de la ternera es una obra que revela a un artesano de la palabra, consciente del oficio. Nadie que tenga sentido del arte de la versificación y del lenguaje como canal de comunicación podrá decir que Natarén es uno más del montón.
20 abril 2026
EL ARTISTA FREDDY RODRÍGUEZ
ARTISTA FREDDY RODRÍGUEZ
Por Fausto A. Leonardo Henríquez, PhD
El nombre de Freddy Rodríguez está indisolublemente unido a la égida de dominicanos notables por su contribución al arte y a la cultura en Estados Unidos de América. Nacido el año 1945 en Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana, emigró del país en 1963.
Realizó estudios superiores de pintura en New School for Social Research, and textile design at the Fashion Institute of Technology de la ciudad de Nueva York. Durante la década de 1970 y 1980, Rodríguez trabajó en Greenwich Village, Chelsea y Williamsburg lugares donde el artista explora la relación existente entre las narrativas personales y la memoria colectiva de la comunidad de origen latinoamericano. Dicha exploración alcanza, siempre dentro de la creación artística, una dimensión política bastante notable.
La obra de Rodríguez se caracteriza, entre otros muchos rasgos, por la construcción de abstracciones geométricas y el lenguaje figurativo. En este tenor, conviene señalar que en una primera etapa Rodríguez experimentó con obras minimalistas y la abstracción geométrica. A partir de los años 80 se enfoca en el realismo y el expresionismo abstracto. El artista ha sabido fusionar la dimensión conceptual y los elementos estilísticos de la pintura de la Escuela de Nueva York con la historia dominicana, la cultura dominicana y otros asuntos transnacionales empleando la geometría y color para referirse a temas a menudo desafiantes ante el formalismo puro, por ejemplo, la conquista y la colonización europea, la figura del cimarrón, el catolicismo, la dictadura trujillista, el béisbol, entre otros.
Por otra parte, Rodríguez ha recibido importantes subvenciones y becas procedentes de Smithsonian Artists Research Fellowship (2016), Joan Mitchell Foundation Fellowship (2007 y 1995) y Mid Atlantic Arts Foundation Grant (2000) y New York Foundation for the Arts Fellowship (1990).
Rodríguez ha participado en numerosas colecciones grupales e individuales en lugares de prestigio, tales como El Museo de Barrio (Nueva York), Newark Meseum (New Jersey), Jersey City Museum (New Jersey), Pérez Art Museum (Miami), Smithsonian American Art Museum (Washinton), Instituto Cervantes (Tokio), Museo de Arte Moderno (Santo Domingo), Museo de las Casas Reales (Santo Domingo), entre otros lugares.
En los últimos años, Rodríguez ha realizado un importante trabajo artístico dando a la luz diferentes pinturas que exploran la historia, el valor y la naturaleza simbólica del oro en el arte y la sociedad. Prueba de ello es la exhibición de La fiebre del Oro, expuesta en el Museo Ralli, Santiago de Chile en el año 2019.
La figura de Rodríguez aparece en importantes publicaciones de libros, revistas y periódicos. Por poner no más que unos ejemplos, mencionamos A to Z of Caribiean Art, de Melanie Archer y Mariel Brown. Trinidad y Tobago, 2019. Memory and Postcolonial Studies: Synergies and New Directions, de Dirk Göttsche, New York, 2019. Our America: The Latino Presence in American Art, de Carmen Ramos Escandón, Washinton, 2014. Caribbean: Art at the Crossroads of the World. De Deborah Cullen, New York, 2012 y, finalmente, Something to Say: Thoughts on Art and Politics in America, de Richard Klin y Lily Prince, Falmouth (M.A.), 2011.
Quizá la obra más emblemática del creador y artista Freddy Rodríguez es aquella dedicada a la memoria de los fallecidos en el Vuelo 587 de American Air Lines en el cual parecieron 265 personas y otras tantas en tierra el 12 de noviembre de 2000. Los ocupantes del vuelo eran, en su mayoría, dominicanos que iban rumbo a Quisqueya (RD). El monumento es una arquitectura paisajística creada exquisitamente por el artista Rodríguez. Dicha creación arquitectónica posee un poderoso significado que inmortaliza no solo el nombre de los caídos, sino también el nombre su autor. La obra en cuestión simboliza el “aquí y el allá”, “el antes y después” y expresa el deseo universal de regresar a casa, pero también el sentir de los que iban en el avión, de los vecinos en tierra de la comunidad de Rockaway, y también de la tripulación de la nave, cuyo vuelo se convirtió en el viaje de su vida.
Finalmente, es importante decir que la obra artística de Rodríguez ha enaltecido el nombre de la Rep. Dominicana y, en general, de los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos. El arte, al decir de Markus Gabriel, uno de los más prominentes filósofos de la actualidad, tiene el poder de hacernos ver las cosas de otra manera.[1] Y esto es, justamente, lo que hace el artista Freddy Rodríguez hace con su creación artística, mostrarnos el poder del arte para mostrarnos el lado inédito de las cosas. El arte muestra el portentoso poder de la imaginación, capaz de provocar asombro y embeleso. Don Freddy Rodríguez, nos honra su presencia entre nosotros.
18 abril 2026
Pedro Zacarías, impresiones sobre Estampas agrestes
Pedro Zacarías
31 marzo 2026
El ÁRBOL DE LOS PANUEÑOS DE JULIO ESCOTO Y ESTACIÓN PERMANENTE DE JOSE ANTONIO FUNES
Club de Lectura Luciérnagas Literarias, dirigido por Darling Soriano. Esta vez los libros leídos y discutidos fueron el clásico de la literatura hondureña El árbol de los pañuelos (1972) del escritor Julio Escoto y el poemario Estación permanente (2023) del poeta José Antonio Funes.
La obra de Escoto, en cuyo trasfondo se refleja la cultura, la política y la sociedad de la época, es valorada positivamente por la crítica internacional. Se consideró entre los lectores, que El árbol de los pañuelos es un libro que no resulta de lectura fácil, incluso para el lector avezado. Se ha de estar muy atento para no perderse entre símbolos y personajes. También se dijo que la escritura de Escoto está literariamente muy elaborada, es culta y profunda. En toda la narración de El árbol de los pañuelos se podrá apreciar un rico lenguaje poético, es decir, una prosa rica en imágenes, propia de una imaginación pro
digiosa e inspirada.
Por otra parte, la obra de Funes, Estación permanente, se considera un poemario que transmite y transporta al lector a estadios de placer y goce. Sus versos luminosos, la economía del lenguaje y la frescura del discurso poético, entre otras cosas, son indicativos de que estamos ante una poesía de buena factura y de una exquisitez incuestionable.
Un bocado
Anchuria, una novela de Giovanni Rodríguez
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Esto me suena
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