Hubo una vez una Compañía. Centro Editorial (2025), Honduras. Esta publicación es fruto de un ensayo titulado: "Los afluentes del río de sangre en los socavones del oro verde", cuyo telón de fondo es el tema de la identidad hondureña. El autor parte de hechos históricos, de lugares, personas y costumbres –nativas unas, y otras sobrevenidas por las circunstancias– para concluir que la identidad es un mosaico complejo de presencias. Hubo una vez una Compañía contiene dos comentarios, uno de la connotada escritora y crítica, Helen Umaña, que hace de prólogo y otro del novelista Julio Escoto, que hace de epílogo. Armando García, escritor de aguda mirada y verbo chispeante, habla como piensa y escribe como habla. Con un matiz particular: que no escribe por escribir. En este texto hay referencias a la literatura universal y una espontánea serie de imágenes literarias que deleitan: "chismoso ojo de buey", "mecían su felicidad en el swing de los quitasoles", "asma del caballo de hierro", "precio del desprecio", "forastera sabrosura", "se ató el nudo ciego de nuestra adversidad", entre otras. Un lingüista –y se me antoja decir que un historiador, un literato y hasta un antropólogo– tiene en este breve ejemplar, por los numerosos vocablos que contiene, un filón para investigar el español hablado en Honduras. Armando García critica la "falta de soberanía cultural" de la nación, a causa de "la debilidad cultural del hondureño que tiende siempre a imitar la rareza". Un observador atento, como es sucede con el autor que reseñamos, después de repasar la película de la historia del siglo veinte, concluye que, a pesar de la dependencia y de la miseria, más allá de los avatares históricos, sociales y políticos del país, una luz nueva cargada de sentido resplandece: la cultura, de la cual emerge una identidad propia: la hondureñidad. La cultura y el arte, sentencia Armando García, es "el espejo real de nuestros mejores ideales".
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